jueves, 17 de agosto de 2017

Aprende a celebrar y participar en la Santa Misa Tradicional o Tridentina












Marguerite Yourcenar a propósito de los viejos misales


Marguerite Yourcenar (1903-1987) fue una conocida escritora francesa posteriormente nacionalizada estadounidense. Su obra más recordada es Memorias de Adriano (1951), donde recrea la vida y muerte de ese emperador romano con notable erudición. Aunque no era creyente, su amor por la cultura la llevó a interesarse por el cristianismo y el budismo, y dejó plasmado ese interés en sus libros. En sus memorias, intituladas El laberinto del mundo (1973, 1977 y 1988), encontramos este texto a propósito de un viejo misal que había pertenecido a su madre: «Un Misal de los fieles, en dos volúmenes, publicado en Tournai por Desclée, Lefevbre et Cie. en 1897, había sido muy utilizado, según daba a entender su degastada badana; una corona dibujada encima de las iniciales de Fernande mancha de vanidad su tapa. El Misal contiene un calendario perpetuo que yo consulto de cuando en cuando; también releo alguna vez las notables oraciones en latín que según Fernande imaginaba deberían seguirse recitando hasta el fin del mundo, y que la Iglesia, hoy en día, ha arrinconado» (El laberinto del mundo, trad. de Emma Calatayud, Barcelona, Alfaguara, 2012, p. 56).



Continuidad y Cambio en la Liturgia



Es un dato histórico el que la liturgia va cambiando y se desarrolla a través del tiempo. Normalmente lo hace lentamente, absorbiendo, en un proceso orgánico, las influencias que la rodean. Lo más frecuente es que a la liturgia se le añadan elementos, que la hacen crecer, expandirse, como cualquier planta o animal que crece hacia su madurez. Son menos frecuentes las ocasiones en que necesita podas, lo cual se hace, siempre, en forma cuidadosa y conservadora, por respeto hacia la calidad del crecimiento que ha tenido lugar con anterioridad.

Tal como cualquier organismo vivo alcanza un punto de madurez, luego del cual ya no sigue creciendo sino que se protege a sí mismo y reproduce su especie, así también, de modo análogo, se puede esperar que la liturgia se desarrolle más ampliamente en los primeros momentos, en su infancia, y que su ritmo de crecimiento disminuya radicalmente a medida que va alcanzando la perfección de su forma, la plenitud del ritual, del texto, de la música y del significado. Así, la liturgia se desarrolló más en los primeros 500 años de la historia de la Iglesia que en los 500 años siguientes, y durante el primer milenio más que durante el segundo milenio. Es un hecho que, al menos antes de mediados del siglo XX, el ritmo de los cambios litúrgicos disminuyó a medida que las formas heredadas adquirieron mayor coherencia y plenitud. Después de cierto momento, el cambio corresponde más a aspectos accidentales o accesorios, tales como el tipo de corte de una casulla o el diseño de un candelabro, que a cosas como lo que se hace y lo que se dice.

Por otra parte, dado que la naturaleza del hombre no cambia jamás y que tampoco lo hace el sacrificio de Cristo –o sea, dado que no cambian ni el hombre, para quien se crea la liturgia, ni Cristo, cuya digna alabanza y cuyo sacrificio la liturgia hace presente para nosotros y de las que nos permite participar-, uno podría preguntarse qué es lo que debiera desarrollarse en la liturgia y por qué. Por de pronto, no se puede decir que hubiera algo inherentemente erróneo en las liturgias apostólicas de la Iglesia primitiva, de tal modo que fueran defectuosas hasta que recibieron aumento y amplificación con el paso del tiempo. Sin embargo, en la medida en que se trata de una actividad humana, la liturgia no nos cae del cielo ya hecha, sino que se va armando lentamente a través de los siglos por obra de monjes, papas y otros santos que recibieron el privilegio de un saborear, en la experiencia, la belleza de Dios, de un contacto vivo con la gloria divina oculta bajo los velos sacramentales. Aunque el culto público no puede ser reducido a un mero artefacto o constructo, él es modelado y regulado por ser humanos que cooperan con un instinto de santidad y adecuación formal divinamente implantado en ellos.

La esencia de la liturgia estuvo presente desde el principio, tal como la encina lo está en la bellota, pero Dios quiso que la plenitud de su expresión, la riqueza de su significado y su belleza, se desplegaran a lo largo de muchos siglos ante la mirada del cristiano, hasta que éste pudo contemplar el árbol en toda su gloria y majestad y gustar abundantemente de la dulzura de sus frutos. No fue una necesidad el que la liturgia se desarrollara, pero fue supremamente conveniente que lo hiciera, y el Espíritu Santo, con sus alas brillantes, planeó sobre este desarrollo a medida que conducía a la Iglesia hasta la plenitud de la verdad. Recordemos las palabras de Cristo: “En verdad, en verdad os digo, quien cree en Mí, hará las obras que yo hago, y las hará aun mayores, porque Yo me voy al Padre” (Jn. 14, 22).

Si tiene sentido esto de que el desarrollo procede de los santos y el que se desacelera con el tiempo, ¿no sería acaso imposible para la Iglesia cambiar jamás legítimamente su liturgia de modo radical? Porque hacer tal cosa implicaría un juicio negativo sobre esas “obras mayores” a que se refiere Jesús, una especie de blasfemia contra el Espíritu Santo, porque querría decir que no fue en nombre de Cristo, sino de Beelzebub, que la Iglesia estableció su liturgia a través de los siglos (cf. Pío XII, Mediator Dei, nn. 50, 59, 61). Así, pues aunque el desarrollo es natural y bueno, cierto tipo de desarrollo –o sea, el que significa una tajante discontinuidad- sería necesariamente malo, una corrupción o desviación más que un florecimiento de una realidad orgánica.

Leí una vez un ensayo que planteaba que la razón por la que la liturgia debe cambiar con cada generación es que la existencia del ser humano es la de un peregrino o “viator”. El autor, perteneciente a la escuela de la “Reforma de la Reforma”, trataba de explicar cómo era posible que hubiera lugar para algo tan drásticamente diferente como el Novus Ordo, sosteniendo, al mismo tiempo, lo valioso que era mantener disponible el Usus Antiquior, tal como lo estipula el motu proprio Summorum Pontificum. La solución propuesta implicaba sostener que ciertos hombres modernos necesitaban una liturgia más moderna, en tanto que otros no, y se sentían satisfechos con una más antigua.

Sin embargo, el hecho de que el ser humano sea un peregrino es irrelevante para la cuestión de si la liturgia, como tal, debiera cambiar. Después de todo, el hombre no cambia jamás; es siempre un determinado tipo de ser, con ciertas capacidades que necesitan de ciertas cosas para alcanzar su perfección. Una liturgia llena de fuerza tanto divina como humana le vendrá siempre bien a este peregrino. Ni el Salvador cambia, ni tampoco el Sacrificio por el cual la salvación fue (y es) llevada a cabo. Un tipo diferente de liturgia, si se lo modelara, convendría sólo a un tipo diferente de hombre. Para que fuera permitido emprender una alteración litúrgica radical sería necesario no sólo que ocurriera un cambio sustancial en el ser humano –algo que pasa todo el tiempo, cada vez que tiene lugar una concepción o una muerte- sino un cambio esencial, la emergencia de una especie nueva, junto con la llegada de un nuevo Salvador y de un nuevo Sacrificio. Después de todo, hay una Cristología latente en cada acto de culto, en todo rito, expresión o música.

Ciertamente, la liturgia es una acción transitoria, pero su origen, significado y finalidad son permanentes: es un acontecimiento temporal dotado de una naturaleza permanente –y, en tal sentido, viene a ser como el hombre mismo, quien claramente nace y cambia a través de su vida, no obstante lo cual tiene la misma alma inmortal que le da una identidad singular y perpetua. El desarrollo espiritual de un individuo tiene lugar al interior de una liturgia que no cambia -y gracias a ella-, la cual le sirve como punto de apoyo para su elevación, como centro para sus modificaciones, como foco para su siempre cambiante mirada.

Peter Kwasniewski, Ph.D., es profesor de filosofía y teología del Wyoming Catholic College, Wyoming, EE.UU.

domingo, 21 de junio de 2015

Cardenales Loris Francesco Capovilla y Luigi de Magistris

Los Cardenales de la Sacra Iglesia Romana Loris Francesco Cardenal Capovilla (1915-2016) († 100), ex-Secretario Privado  del Santo Papa Juan XXIII (Angelo Giuseppe RoncalliOBŒDIENTIA ET PAX Cardenal-Presbítero de S. María en Trastevere


Luigi Cardenal De Magistris (1926-2022) († 95)Regente y  Pro-Penitenciario Mayor emeritus de Penitenciaría Apostólica JUSTE JUDICA PROXIMO Cardenal-Diácono de SS. Nomi di Gesù e Maria in Via Lata




Siempre fieles a la tradición

Su Santidad San Pío X

jueves, 13 de febrero de 2014

Jacques-Bénigne Bossuet



Jacques Bénigne Bossuet (Dijon, 27 de septiembre de 1627 - París, 12 de abril de 1704) fue un destacado clérigo, predicador e intelectual francés.
Discípulo de los jesuitas en Dijon, que le dispensan una formación clásica (griego y latín). A los 15 años continúa sus estudios en París, en el Collège de Navarre, donde tiene por maestro a Nicolas Cornet, con quien estudia en profundidad filosofía y teología. Es ordenado subdiácono en Langres en 1648, momento en que rompe con el sigilo y redacta una Méditation sur la Brièveté de la Vie (Meditación sobre la brevedad de la vida), en la que pueden verse en germen sus obras futuras. El mismo año expone sus ideas sobre el papel de la Providencia en su Méditation sur la félicité des saints (Meditación sobre la felicidad de los santos) En 1652, se doctora en teología y es ordenado sacerdote, al tiempo que archidiácono de Sarrebourg; más tarde, en 1654, obtiene el mismo beneficio eclesiástico en Metz.
De regreso a París (1659) y entregado a la oratoria sagrada, su fama se extendió gracias a sus sermones fúnebres, como el dedicado a Ana de Austria (1667). En 1670 Luis XIV le nombró preceptor del delfín, a quien dedicó diez años de su vida y obras como el Discurso sobre la historia universal (1681).
En 1681, concluida la educación del Delfín, es nombrado obispo de Meaux (de ahí viene su sobrenombre "el Águila de Meaux") donde se dedica a las tareas episcopales, con frecuentes predicaciones y una especial lucha, como teólogo, contra los protestantes. Redacta el célebre Catéchisme de Meaux (1687) (Catecismo de Meaux) y , para las religiosas de su diócesis las Méditations sur l'Evangile (Meditaciones sobre el Evangelio) y las Elévations sur les Mystères(Elevaciones sobre los Misterios).
Intervino en la Asamblea del clero, combatió la Reforma protestante y, entrará en un áspero conflicto con Fénelon, obispo de Cambrai, que se inclinaba hacia el quietismo: persiguió con especial saña a su adversario hasta conseguir que cayera en desgracia ante el rey, que lo exilia. También logra la condena del papa a las Maximes des Saints (Máximas de los Santos) donde Fénelon sostenía la doctrina del amor de Dios por sí mismo
Enemigo del teatro por considerarlo inmoral (lo criticó acerbamente en Máximas y reflexiones sobre la comedia, obra de 1694), en el último período de su vida retornó a la predicación. Entre sus muchas obras cabe destacar, aunque inacabada y editada tras su muerte, Política deducida de las propias palabras de la Sagrada Escritura (1709). En 1650 se ordenó sacerdote en París y obtuvo el título de doctor en Teología. Despertó el interés de San Vicente de Paúl, quien le encargó varios sermones y oraciones fúnebres. En 1669 fue nombrado obispo de Condom (Gers).
En 1697 fue nombrado Consejero de Estado. Buscó la unión de católicos y protestantes bajo el gobierno de un rey filósofo cristiano y participó de las polémicas suscitadas en el seno del cristianismo. La mayor parte sus discursos improvisados se han perdido. Solía meditar su texto algunas horas antes de pronunciarlos, anotando algunas palabras o pasajes de los Santos Padres para guiarse. Algunas veces dictaba rápidamente los párrafos más largos, y después se abandonaba a la inspiración del momento y a la impresión que producía en su auditorio. Para el Delfín, escribe el Traité de la connaissance de Dieu et de soi-même (Tratado del conocimiento de Dios y de uno mismo), en el que en general sigue la doctrina de René Descartes, y se muestra tan gran filósofo como escritor.

Los últimos y los primeros de Jacques-Bénigne Bossuet

Jacques-Bénigne Bossuet

Los últimos y los primeros

El impulso dado por San Vicente de Paúl a las obras de caridad fue secundado por la reina madre Ana de Austria y por Bossuet, que predicó varias veces delante de las asociaciones de la nobleza dedicadas al servicio de los pobres. Transcribimos un sermón pronunciado en la capilla de las Hijas de la Providencia de París en 1659 (cf. ed. LEBARQ, t.3 p.119-138). Existe un extracto de este mismo sermón, para predicarlo en ocasión parecida en Metz, 14 de enero de 1658 (ed. LEBARQ, t.2 p.404-405). Para reconstruir la escena hay que imaginarse a Bossuet en la sala el Hospital rodeado de pobres y ricos.

A) Pobres y ricos

1) LOS ÚLTIMOS, LOS PRIMEROS
El mundo rodea a los afortunados de la tierra y abandona a los pobres a su miseria. Por eso, el profeta, al verlo, dice: Tibi derelictus est pauper: A ti se te confía el miserable (Ps. 9, 14). Dios lo ve también y se encarga de los pobres; por eso yo, como sacerdote y, por lo tanto, predicador del Evangelio y abogado de los menesterosos, os voy a hablar de ellos.
La frase del Señor de que los primeros serían los últimos se cumplirá totalmente cuando los justos despreciados por el mundo ocupen los primeros puestos del cielo, pero ha comenzado también a cumplirse en esta vida con la fundación de la Iglesia, ciudad maravillosa cuyo fundamento puso Dios, quien al venir a este mundo, para revolucionar el orden establecido por el orgullo, inauguró una política opuesta por completo a la del siglo.

2) OPOSICIÓN ENTRE EL MUNDO Y LA IGLESIA
Esta oposición se concreta en tres cosas:
1- En el mundo, las ventajas y primeros puestos son de los ricos; en el reino de Cristo, los pobres.
2- En el mundo, los pobres sirven a los ricos y parecen haber nacido para ellos. En la Iglesia no se admite a los ricos sino para que sirvan a los pobres.
3- En el mundo, las gracias y los privilegios se reservan a los poderosos. En la Iglesia, todas las bendiciones son para los pobres.

B) La Iglesia, instituida para los pobres.

San Juan Crisóstomo (cf. Hom. 11) se imagina dos ciudades, una de pobres y otra de ricos, y decide que en esta hipótesis todas las ventajas estarían de parte de la primera, pues en la otra nadie serviría ni querría trabajar. Imposible encontrar tal ciudad en el mundo, donde pobres y ricos son necesarios; pero, sin embargo, podemos verla en el reino fundado por Cristo. La ciudad de los pobres es la Iglesia. El primer plan fue construir una Iglesia para los pobres, que son sus verdaderos ciudadanos. Os lo voy a demostrar.

1) LOS CIUDADANOS DE LA IGLESIA

En la antigua sinagoga, a aquellos hombres bajos y groseros se les prometían para animarles, además del cielo, los bienes de esta tierra. En la Iglesia no se habla de estos últimos y se desprecian las riquezas, sustituidas por la aflicción y la cruz. Los ricos, que tienen los primeros puestos en la sinagoga, no forman clase alguna de la Iglesia, cuyos ciudadanos son los pobres. ¿Queréis verlo en la predicación del Señor? Oíd aquellas palabras en que manda buscar a sus criados por los cruces de los caminos a todos los pobres y menesterosos.
En efecto, Cristo fue enviado a evangelizar a los pobres (Lc. 4,18). Para cumplir su misión les dirige a ellos principalmente la palabra, y en aquel su mejor sermón pronunciado en la montaña desdeña hablar a los ricos, como no sea para fulminar su orgullo. Dirigiéndose a los pobres, les dice: Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el reino de Dios (Lc. 6,20). Si, pues, el reino de Dios es de los pobres, la Iglesia es suya, y si es suya es porque ellos entrarán los primeros. Y, en efecto, eso aconteció. Ved cómo San Pablo lo comprueba con la experiencia. No hay entre vosotros(los cristianos) muchos sabios según la carne, ni muchos poderosos, ni muchos nobles (1 Cor. 1,26). La primera Iglesia era casi una asamblea de pobres, y en el primer momento los ricos que se admitieron hubieron de despojarse a la entrada de sus bienes y ponerlos a los pies de los apóstoles. ¡Hasta tal punto había decidido el Espíritu Santo dejar clara la esencia de la religión cristiana y las prerrogativas del menesteroso como miembro de Cristo!

2) CONSECUENCIA: APRECIO DE LOS POBRES

La consecuencia de lo que decimos es que no basta compadecer ni aun ayudar a los desgraciados, sino que debemos llenarnos de respeto hacia ellos. San Pablo nos da ejemplo cuando, al pedir a los romanos una limosna para los fieles de Jerusalén, les dice: Os exhorto, hermanos, por nuestro Señor Jesucristo y por la caridad del Espíritu, a que me ayudéis en esta lucha, mediante vuestras oraciones a Dios por mí, para que… el servicio que me lleva a Jerusalén sea grato a los santos (Rom. 15,30).
Pasad y admiradsus palabras; no dice limosna ni asistencia, sino servicios, y servicios que quizás pueden ser agradables. ¿Tanta precaución para que sea agradable una limosna? Sí, porque pensaba en la alta dignidad de los pobres. Se puede dar algo para conquistar el cariño o para aliviar la miseria, por aprecio o por compasión; lo primero es un presente; lo segundo, una limosna. La limosna se da a los inferiores; el obsequio, generalmente, a un superior. Debéis, pues, elevar de condición lo que dais, acompañándolo de modales y circunstancias, que conviertan la limosna en un honor que hacéis al pobre, al considerarlo como miembro de Cristo y primogénito de la Iglesia.
Señoras: Revestíos de los mandamientos apostólicos y, al cuidar de los pobres de esta casa, pensad que, si el siglo os colocó por encima de ellos, Cristo os pone por debajo. Honraos a vosotras mismas sirviéndoles a ellos, a quien el misterioso conducto de la Providencia Divina dio los primeros puestos de la Iglesia.

C) Los ricos, al servicio de los pobres

1) CRISTO, MÁS POBRE QUE LOS POBRES

Si Cristo no prometió en su Evangelio más que aflicciones y cruces, innecesario es decir que no necesita de los ricos. ¿Para qué los quiere dentro de su reino? ¿Para que le erijan templos de oro y pedrería? No creáis que aprecia grandemente tales adornos; los recibe sólo como señal de piedad y religión. Cuando funda directamente su culto, a diferencia de lo que se hizo en el Antiguo Testamento, escoge los elementos más sencillos, el agua, el pan el aceite. En las sinagogas era necesario despoblar los ganados, pero en la Iglesia no necesitamos ninguna riqueza. Cristo, en lugar de rodearse de pompa, se ha rodeado de pobres.
Voy a declararos un misterio (1 Cor. 15,15): Jesús no tiene necesidad de nada y lo necesita todo. No necesita nada porque es omnipotente; lo necesita todo porque es compasivo. Voy a declararos un misterio: el misterio del Nuevo Testamento, porque del mismo modo que la misericordia de Jesús, inocente, le hizo una vez cargarse de todos los crímenes, ahora le obliga a Jesús, feliz, a que lleve encima de sí todas las desgracias. Más pobre que los pobres, porque, como el Inocente, llevaba más pecados sobre sí que cualquier pobre. Aquí tiene hambre y allí sed; acá enfermedades y allá pasiones. Más pobre que nadie, porque cada uno de los pobres sufre por sí mismo, y Cristo sufre por la universalidad de los desgraciados.

2) POR QUÉ LA IGLESIA ADMITE A LOS RICOS

Pero si en la Iglesia no hubiera más que pobres, ¿quién los ayudaría? Esta es la razón por la que ha admitido a los ricos dentro de ella. Pudo utilizar a los ángeles, mas quiso que los hombres fueran ayudados por sus semejantes. El amor a sus hijos, los pobres, permitió la entrada a los extraños, los ricos. ¡Ved el milagro de la pobreza! Los ricos eran extranjeros, y el servicio del pobre los ha nacionalizado. El rico era un enfermo contagioso, y Cristo ha permitido que sus riquezas puedan servirle para curar su enfermedad.
Ricos y pobres se pueden ayudar mutuamente a llevar sus cargas (Gal. 6,2). Los pobres las soportan muy pesadas, y “el servicio que debéis a los necesitados es el de llevar con ellos una parte del peso que les abruma” (cf. SAN AGUSTÍN, Serm. 164 n.9: PL 38,899). Pero los ricos también andan agobiados por el peso. ¿Quién creería que el fardo de los pobres fuera la necesidad y el de los ricos su abundancia? (cf. SAN AGUSTÍN, ibid.).
Ya sé que los mundanos desean que pese sobre ellos una carga semejante, pero día vendrá en que, terminado este mundo de errores semejantes, lleguen a un juicio donde entiendan el peso verdadero de sus riquezas.
No esperéis esa hora fatal; ayudad a llevaros los unos a los otros vuestra carga; ricos, sostened algo la del pobre y sabed que al descargarla aliviáis la vuestra. Ayudad al pobre y que el pobre os ayude a vosotros.

“¡Qué injusticia, hermanos, la de que sean los pobres los únicos que lleven la carga de la miseria sobre sus espaldas! Si se quejan y murmuran contra la Providencia Divina, permíteme, ¡Oh Señor!, que te diga que no les falta alguna apariencia de justicia, porque, amasados todos con el mismo barro y no pudiendo existir gran diferencia entre polvo y polvo, ¿por qué ha de estar en un lado la alegría, el favor y la influencia, y en el otro la tristeza, la desesperación, la necesidad extrema y, además, el desprecio y la servidumbre? ¿Por qué este afortunado ha de vivir en una abundancia tal que pueda satisfacer hasta los deseos más inútiles de una curiosidad estudiada, mientras que este otro miserable, tan hombre como él, no puede sostener su familia ni aliviar su hambre? ¡Ah, señores, en esta absurda desigualdad podríamos acusar a la Providencia de una mala administración de sus tesoros, si no hubiera proveído de algún modo a las necesidades de los pobres y establecido cierta igualdad entre pobres y ricos!” La ha establecido admitiendo a éstos en la Iglesia para que tomen sobre sí las cargas de los pobres. Sabedlo bien: si existen en la Iglesia, es sólo para que comuniquen con ellos su pobreza y merezcan participar de sus privilegios.