4. Preámbulo
4.1. Oración preparatoria
“La oración preparatoria es pedir gracia a Dios Nuestro Señor, para que todas mis intenciones, acciones y operaciones sean puramente ordenadas en servicio y alabanza de su divina majestad”. [46]
4.2. Lectura atenta del texto
Fin del Hombre 2: El hombre es criado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor «y mediante esto salvar su alma» [23]
4.3. Pedir el fruto de una buena oración «Conocimiento íntimo de la importancia de este negocio y fuerza para llevarlo a feliz término»
5. Meditación
5.1. Ver a las personas, como si uno estuviese allí. Ubicarse en la escena, paisaje, personaje, situación, movimientos, etc. (Composición del lugar) «Figurarme ver el aposento de Javier en París, y en él a San Ignacio platicando a su compañero esta verdad»
5.2. Punto 1 «Excelencia de tal fin. ¿Qué es salvar el alma»: Salvar el ánima es ponerla en seguro. «Salvarse» supone librarse de algún peligro de perecer. Para el cristiano, negociante en bienes de valor eterno, prisionero de enemigos crueles, viajero en tierra extraña, navegante en agitado mar, llegar al puerto de la gloria es salvarse: su mayor negocio está entonces seguro, sus cadenas caen rotas en pedazos, su viaje ha terminado, ha entrado en puerto, ¡se ha salvado! Las joyas que Cristo buscaba eran las almas, y por ellas dio su vida, su sangre toda, derramada entre suplicios horribles «Anima, tanti vales, erige te!» (San Agustín) Todo eso vales, alma: levántate, dignifícate, estímate en lo que vales.
5.3. Punto 2 «¿Cómo lograrlo?» «MEDIANTE ESTO», es decir, mediante la alabanza, reverencia y servicio de Dios nuestro Señor. Qué grande es la generosidad de Dios, que por una cosa que le debemos nos ofrece galardón tan precioso. LO PRIMERO ES QUERER: ¡Sin quererlo nadie se salva! Cuentan que a Santo Tomás de Aquino le escribió una su hermana religiosa, preguntándole qué había de hacer para ser santa. Era tan grande la fama de sabiduría del entonces profesor de La Sorbona de París, que pensó había de escribirle un largo tratado descubriéndole misterios secretos de la más encumbrada ciencia ascética y mística, y el Santo, en breves líneas, vino a decirle: HERMANA MÍA, PARA SER SANTA TE BASTA Y ES NECESARIO POR TU PARTE UNA COSA: «QUERER»; DIOS NO TE NEGARÁ SU GRACIA. Se nos da una opción: «eligite hodie quod placet» (Jos 24, 15), elegid lo que más os agrade, «Se nos brinda la gracia, a nadie le falta: el hombre es quien falta a la gracia» (San Buenaventura) A quien le preguntaba: «Maestro, ¿qué haré para lograr la vida eterna?», le respondió el Señor: «Si vis»; si quieres salvarte, guarda los mandamientos (Mt 19, 17) TRABAJAR 1) CON CONFIANZA, 2) CON GENEROSIDAD Y 3) CON PERSEVERANCIA.
5.4. Punto 3 «Necesidad de procurar la salvación»: Es este un NEGOCIO NECESARIO Y URGENTE para nuestra felicidad eterna, que depende de acertar en su solución. Si lo perdemos, ¿de qué nos servirá el haber acertado en todo lo demás? «Si animam negligimus, nec corpus salvare poterimus; non enim anima pro corpore, sed corpus pro anima factum est» (San Juan Crisóstomo) San Pedro de San José Betancur (Vilaflor de Tenerife 1626- Antigua Guatemala 1667) La vida interior de Pedro y su devoción se centran en tres grandes misterios de la vida de Cristo: el nacimiento en Belén, la dolorosa pasión y la Eucaristía. De la contemplación de ellos le nace el deseo, cada vez más vivo, de configurarse con el Cristo que se desnuda de su dignidad de Dios y busca el más absoluto anonadamiento. Por la contemplación del sufrimiento de Cristo, que se inicia en Belén, llega a su plenitud sobre la cruz y se prolonga en la Eucaristía, Pedro desarrolla una actitud de reparación que lo lleva a sufrir con el Cristo paciente y a alimentar un vivo celo por la conversión de los pecadores. A su recorrer diario agrega el caminar nocturno por calles y plazas alertando a todos con el tañido de su campanilla y su inquietante mensaje de conversión: «ACORDAOS, HERMANOS, QUE UN ALMA TENEMOS Y, SI LA PERDEMOS, NO LA RECOBRAMOS», «Deus vult omnes homines salvos fieri» (1 Tim 2, 4): quiere Dios que todos los hombres se salven, y lo quiere con voluntad sincera y cuanto es de su parte eficaz. Pero, Dios nada puede cin el concurso de nuestra libre voluntad.
5.5. Dejarse interpelar por el misterio contemplado en la propia vida (Participación cordial)
6. Conclusión: Coloquio y Examen
6.1. Coloquio con Cristo crucificado para salvar mi alma, diciéndole: «tantus labor non sit casus», no sea en vano tan gran trabajo
6.2. Sacar un propósito concreto que pueda mover la voluntad (Transformación de la voluntad)
6.3. Hacer un examen acerca del transcurso de la oración (concentración, distracciones, aspectos importantes descubiertos, etc.) Se acaba rezando el ANIMA CHRISTI.
EXAMEN DE LA ORACIÓN
1. ¿Preparé suficientemente el ejercicio que acabo de realizar? Si no lo hice suficientemente y bien... ¿por qué? ¿Qué he de hacer para corregir esta situación?
2. ¿Dispuse todos los medios y ayudas que conozco para realizar un buen ejercicio? (Posición, medios para entrar en la oración, silencio, tiempo, textos, etc.)
3. El tiempo que estuve en oración ¿fue adecuado? ¿Me levanté antes del tiempo previsto?
4. ¿Me sentí realmente acompañado en la oración? ¿Fue un diálogo o un monólogo? ¿Salgo de la oración crecido en fe y/o esperanza y/o amor?
5. ¿Tengo alguna inquietud o preocupación especial que haya de comentar con quien acompaña los ejercicios?
6. ¿Hay algunos puntos en los cuales sentí especialmente gusto al meditar? ¿Cuáles? ¿Algunos que quieras seguir gustando? ¿Cuáles?
7. ¿Hay algunos puntos en los cuales sentí especial dificultad o repugnancia al orar? ¿Cuáles?
8. Haz una revisión de las actividades de tu día. Se puede chequear en el orden de las cosas que se fueron haciendo.
9. ¿Qué fue lo que más te llamó la atención en el di a de hoy? ¿Por qué?
10. ¿Dónde encuentras más fácilmente la presencia de Dios?
11. ¿Dónde crees que te alejas más de Dios? ¿Por qué? ¿Cuál puede ser la raíz de ese alejamiento?
12. La pregunta fundamental e importante: ¿qué descubro que está haciendo el Espíritu de Dios hoy en mí? ¿cómo he colaborado y cómo he estorbado la acción de Dios?
La "Misa de Siempre" en Guatemala, oficiada por padres de la Fraternidad Sacerdotal San Pio X, en 9a. calle A 1-45 Zona 1, Ciudad de Guatemala
jueves, 2 de enero de 2014
miércoles, 1 de enero de 2014
Lectura Espiritual: De la Imitación de Cristo del Beato Tomás de Kempis
LIBRO I. EXHORTACIONES ÚTILES PARA LA VIDA DEL ESPÍRITU
CAPÍTULO 1: IMITACIÓN DE CRISTO Y MENOSPRECIO DE TODAS LAS VANIDADES DEL MUNDO
1. El que me siga, no andará en tinieblas (Jn 8, 12), dice el Señor. Son palabras de Cristo que nos exhortan a imitar su vida y sus ejemplos, si queremos ser verdaderamente iluminados y liberados de toda ceguera interior. Por eso, nuestra máxima preocupación debe ser meditar la vida de Jesucristo.
2. La enseñanza de Cristo es superior a la de todos sus santos, y quien posea su espíritu encontrará en ella un maná escondido. Pero acontece que muchos, aunque escuchen con frecuencia el Evangelio, sienten el espíritu del Cristo. Por lo tanto, el que quiera comprender y saborear plenamente las palabras del Maestro debe asimilar toda su vida a la de Cristo.
CONTEMPLACIÓN MEDITATIVA DEL PRINCIPIO Y FUNDAMENTO 1
1. Preámbulo
1.1. Oración preparatoria
“La oración preparatoria es pedir gracia a Dios Nuestro Señor, para que todas mis intenciones, acciones y operaciones sean puramente ordenadas en servicio y alabanza de su divina majestad”. [46]
1.2. Lectura atenta del texto
Fin del Hombre: «El hombre es criado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor» [23]
1.3. Pedir el fruto de una buena oración «Gracia para conocer íntimamente el fin para que he sido creado y tenerlo siempre ante mis ojos al obrar»
2. Meditación
2.1. Ver a las personas, como si uno estuviese allí. Ubicarse en la escena, paisaje, personaje, situación, movimientos, etc. (Composición del lugar) «Imaginarnos ver a Dios creando a Adán, y a éste, prosternando, adorando al Señor»
2.2. Punto 1 «Dios, mi principio»: “El hombre es criado”: El mundo y todas las cosas en él contenidas, espirituales y materiales, según toda su sustancia, han sido producidas por Dios de la nada. Dios ha creado al hombre, y continua creándolo continuamente, a cada instante, por su acción amorosa. «Et creavit Deus hominem» (Gen 1, 27) Con relación a Dios, me hallo en dependencia absoluta: es mi dueño, es mi origen. Todo fue creado con el sólo imperio de su voz: «factum est», y creó al hombre «ad imaginem et similitudinem nostram»
2.3. Punto 2 «Dios, mi dueño y Señor» Dios es mi Señor absoluto. «Deus me creavit, ergo Dei sum! Totum me creavit, ergo totus quantus Dei sum» (San Agustín) Puede Dios someterme a otros, pero no puede desprenderse de mí en favor de otro propietario: «Ego Dominus, hoc est nomem meum, gloriam meam alteri non dabo» (Is 42, 8)
2.4. Punto 3 «Dios, mi fin»: Para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor. Así como de mi origen se desprende mi condición de criatura, de mi condición se deduce mi oficio o fin inmediato: «Deus creavit bonitate sua et omnipotente virtute, non ad augendam sua beatitudinem nec ad adquirendam, sed ad manifestandam perfectionem suam per bona, quae creaturis impertitur» (Cc Vat I, sess. 3, c. 1), «Ego sum alpha et omega, principium et finis, primus et novissimus» (Apoc 1, 8), «Universa propter semetipsum operatur est Dominus» (Prov 16, 4), «Dominum Deum tuum adorabis et illi soli servies» (Mt 4, 10), «Servare Deo regnare est», «nihil tam facile est bonae voluntati, quam ipsa sibi» (San Agustín), «Sive vivimos, sive morimur, Domini sumus» (Rom 16, 18)
2.5. Dejarse interpelar por el misterio contemplado en la propia vida (Participación cordial)
3. Conclusión: Coloquio y Examen
3.1. Coloquio con Dios nuestro Señor, mi dueño absoluto, reconociendo ese dominio y lamentando el haberlo tantas veces negado con los hechos…, prometiéndole hacer siempre su voluntad. Con Dios, Padre mío amorosísimo, de quien tan mal hijo he sido…, pidiendo perdón echándome en sus brazos, regalándome a vivir en ellos
3.2. Sacar un propósito concreto que pueda mover la voluntad (Transformación de la voluntad)
3.3. Hacer un examen acerca del transcurso de la oración (concentración, distracciones, aspectos importantes descubiertos, etc.) Se acaba rezando el PADRE NUESTRO. He aquí tres esquemas de examen de la oración:
ESQUEMA 1
a. Cuanto al fruto pretendido:
¿mantengo la disposición sobre el fruto de los Ejercicios alcanzada en el Principio y Fundamento [23] y renovada en la oración preparatoria? [46] ¿en qué grado?
¿he hallado lo que buscaba, mal, bien, abundantemente? (el fruto particular de cada ejercicio Ignacio lo concreta en la petición y en el coloquio).
b. En mi trabajo:
¿Cómo he hecho el ejercicio? ¿hora entera [12], algo más [13], a la hora señalada [6], oración preparatoria, preámbulos, materia señalada, coloquios, con exactitud, fervor, o con pereza y frialdad?
¿Guardo con cuidado las adiciones o ha habido descuido en alguna [130]?; ¿al dormirme resumir el ejercicio [73], al levantarme sin dar lugar a otros pensamientos doy lugar al estado de ánimo apropiado? [74]; ¿en los ejercicios durante el día antes de ir a la oración, pienso a dónde voy y delante de quién y resumo un poco el ejercicio? ¿me hice presente a un Dios que me quiere? [75]; ¿tuve la mejor posición corporal? [76]; ¿me detuve sin ansias de pasar adelante? [76]; ¿fomenté durante el día pensamientos conformes a los ejercicios que estoy actualmente haciendo (recogimiento)? [78]; ¿procuré concentrarme en lo que estoy meditando? [11.127]; ¿busqué de entre los medios que me rodean, luz oscuridad, etc. lo que creo que más me conviene? [79. 80]; ¿refrené la vista tanto cuanto me ayuda? [81].
c. Con el "buen espíritu":
¿Ha actuado y en qué forma?: ¿me ha iluminado alguna verdad o alguno de los misterios de la vida de Jesús para penetrarlos más y referirlos a mi historia personal? [2.106.109] ¿consolaciones, cuáles, en qué grado? [316]; ¿con o sin causa precedente? [330]; ¿con mociones a querer algo? [175.176]; ¿inspiraciones para ordenar mi vida? [213.315]; ¿desolación quitándome la gracia intensa? [320]; ¿sequedad, distracciones, pensamientos importunos, tentaciones, tristeza, turbación? [317].
¿Cómo me he aprovechado?: ¿He examinado bien las mociones en tiempo de consolación? [175.176]; y los propósitos y pareceres formados en el fervor subsiguiente antes de aceptarlos como del "buen espíritu"? [336]; ¿he cedido ante la desolación y tentaciones? ¿me quedé a la defensiva? o he hecho todo lo contrario no cambiando mis propósitos precedentes [318], sino instando en meditar, orar, examinando las causas? [319].
d. Con el "mal espíritu":
¿Me ha acometido con impedimentos para no ir adelante? [315], con escrúpulos [347], con pensamientos "buenos" con apariencia de bien [332] y falsa consolación [331], pero acabando en menos bueno o turbación [333], o engreimiento propio [142], con desconfianza y desesperación? [317].
¿Cómo he reaccionado?: ¿despreciando los obstáculos, cerrando la puerta a toda tentación, avivando la confianza en Dios, conservando la paz y la serenidad?
He de examinar el principio, medio y fin de los pensamientos engañosos para sacar experiencia [334]
ESQUEMA 2
1. ¿Preparé suficientemente el ejercicio que acabo de realizar? Si no lo hice suficientemente y bien... ¿por qué? ¿Qué he de hacer para corregir esta situación?
2. ¿Dispuse todos los medios y ayudas que conozco para realizar un buen ejercicio? (Posición, medios para entrar en la oración, silencio, tiempo, textos, etc.)
3. El tiempo que estuve en oración ¿fue adecuado? ¿Me levanté antes del tiempo previsto?
4. ¿Me sentí realmente acompañado en la oración? ¿Fue un diálogo o un monólogo? ¿Salgo de la oración crecido en fe y/o esperanza y/o amor?
5. ¿Tengo alguna inquietud o preocupación especial que haya de comentar con quien acompaña los ejercicios?
6. ¿Hay algunos puntos en los cuales sentí especialmente gusto al meditar? ¿Cuáles? ¿Algunos que quieras seguir gustando? ¿Cuáles?
7. ¿Hay algunos puntos en los cuales sentí especial dificultad o repugnancia al orar? ¿Cuáles?
8. Haz una revisión de las actividades de tu día. Se puede chequear en el orden de las cosas que se fueron haciendo.
9. ¿Qué fue lo que más te llamó la atención en el di a de hoy? ¿Por qué?
10. ¿Dónde encuentras más fácilmente la presencia de Dios?
11. ¿Dónde crees que te alejas más de Dios? ¿Por qué? ¿Cuál puede ser la raíz de ese alejamiento?
12. La pregunta fundamental e importante: ¿qué descubro que está haciendo el Espíritu de Dios hoy en mí? ¿cómo he colaborado y cómo he estorbado la acción de Dios?
ESQUEMA 3
1. ¿Cómo se ha manifestado Dios en mí?
2. ¿Qué me ha estado ocurriendo?
3. ¿Qué me impresionó particularmente?
4. ¿Cómo me sentí cuando oraba?
5. ¿Cuál fue mi estado de ánimo? ¿Cambió?
6. ¿Qué me estaba intentando decir el Señor en todo esto?
7. ¿Hay algún punto al que deba yo retomar cuando vuelva a orar?
De la lectura espiritual
Tan necesaria, quizás, como la oración es la lectura de los libros santos para la vida espiritual. Escribe San Bernardo: «La lectura espiritual nos prepara para la oración y para la práctica de las virtudes» y luego añade, a modo de conclusión «la lectura y la oración son las armas con que se vence al demonio y se conquista el cielo».
No siempre se puede tener a mano al padre espiritual que nos aconseje en nuestras obras, y sobre todo en nuestras dudas; pues la lectura puede suplirlos, suministrándonos luces, enseñándonos el camino para huir de los engaños del demonio y de nuestro amor propio, y para aceptar conocer la voluntad de Dios. Por eso asegura San Atanasio que «no es posible encontrar quien, dedicándose al servicio del Señor, no sea gran amante de la lectura espiritual».
Se comprende, pues, que todos los santos fundadores hayan recomendados tanto este piadoso ejercicio a sus religiosos. San Benito prescribió que todos hicieran lectura cada día, y que dos monjes se encargara de recorrer ese tiempo las celdas, para ver si era observado este punto; caso de encontrar algún negligente en su cumplimiento, quería que se le impusiera una penitencia. Y antes que todos los fundadores, lo había prescrito San Pablo a Timoteo: «Aplícate a la lectura»: Nótese la palabra que emplea: attende; es decir, que por muchos que fueran los cuidados que le exigieran sus ovejas –Timoteo era obispo–, quería San Pablo que se dedicara a la lectura de libros santos, no como de pasada y por breve tiempo, sino aplicándose expresamente a ella con detención.
***
Tan grande es el provecho que causan los libros buenos, cuanto es grande el daño que causan los libros malos; así como aquellos han sido con frecuencia causa de conversión de muchos pecadores, así estos (los libros malos, revistas de cotilleos, y cualquier otros que no inviten al camino de la virtud) causan la ruina de muchos jóvenes. El autor de los libros buenos es el Espíritu de Dios, así como de los libros malos son del espíritu del demonio, que a muchos logra engañar frecuentemente, disimulando el veneno que tales libros encierran.
«Los malos libros, junto con los malos programas de televisión, son el peor veneno que el demonio se vale en nuestros tiempos para arrastrar las almas al infierno. Si San Ligorio hubiera vivido en nuestros días, no sé lo que hubiera dicho contra las revistas pornográficas y las inmoralidades de televisión. Claro está que es un pecado gravísimo recrearse en estas cosas; pero el cristiano que ama a Dios y al prójimo por Dios, no le basta salvar su alma huyendo de contemplar esas inmoralidades, sino que ha de hacer cuánto este de su parte para conseguir que esas cosas desaparezcan del país. ¡Que Dios nos ayude a conseguirlo!» (El editor).
Pero sigamos oyendo al santo sobre la eficacia de los buenos libros que edifica nuestro espíritu y nos anima por tener una conciencia sin mancha de pecado por la gracia y el amor que solo Dios nos puede dar. ¡Qué grande son los bienes que produce la lectura de los libros santos!
***
En primer lugar, así como la lectura de los malos libros, según queda escrito, llena el alma de sentimientos mundanos y perniciosos, la lectura de los buenos libros llena el espíritu de pensamientos y deseos santos. ¿Qué pensamientos santos puede cultivar un alma ocupada, en lecturas de libros curiosos y profanos, que hace germinar en su cabeza ideas mundanas y en el corazón una legión de afectos terrenos? ¿Cómo se va a mantener en la presencia de Dios y como va a hacer actos y afectos piadosos? El molino muele el grano que se le hecha; si se le hecha mal grano, ¿cómo queremos que de harina buena? Irá a la oración y a la comunión, y en vez de estar pensando en Dios y haciendo actos de amor y de confianza, estará profundamente distraída, porque le vendrá en tropel a la memoria todas las vanas ideas de sus lecturas. En cambio, quien tiene la mente bien nutrida de especies devotas, como máximas espirituales, ejemplos de virtud de los santos, se verá acompañada de tales pensamientos, no solo durante la oración, sino también fuera de ella; por lo cual podrá ser casi continuo su recogimiento en Dios.
San Bernardo lo explica todo esto con una bella comparación sobre aquel pasaje de San Mateo: Buscad y hallareis. “Buscad leyendo –explica el santo– y encontrareis meditando; la lectura pone el alimento en la boca para masticarlo por la meditación”.
En segundo lugar, el alma embebecida en santos pensamientos por medio de la lectura, estará mejor dispuesta para rechazar las tentaciones interna.
Con este fin, San Jerónimo se la aconsejaba a su discípula Salvina: «No dejes de las manos los libros divinos, que serán un escudo donde reboten las flechas de los malos pensamientos.
En tercer lugar, la lectura nos sirve para ver las manchas del alma, y viéndolas, más fácilmente las podremos quitar. El mismo San Jerónimo escribió a Demetriades «que se sirviera de la lectura como de un espejo»; con lo cual quería significar que, así como el espejo nos descubre las manchas del rostro, la lectura de los libros santos descubre las manchas de la conciencia. «En ella –nota San Gregorio hablando de la lectura– vemos que tenemos de hermoso y lo que tenemos de deforme, por ella apreciamos nuestros progresos»; vemos si hemos adelantado o hemos retrocedidos en las vías de Dios.
En cuarto lugar, por la lectura de los libros santos recibimos muchas luces, y sentimos las llamadas divinas. Advierte San Jerónimo que «Cuando oramos, le hablamos (a Dios) cuando leemos, le oímos».
No siempre, como decía antes, podremos tener junto a vosotras (almas que buscan la santidad) al padre espiritual, ni siempre podremos oír la palabra de santos predicadores, que nos den luces y nos dirijan acertadamente por los caminos de Dios, pero tenemos quien lo sustituye en los buenos libros.
¡Cuántos santos han abandonado el mundo y se han dado a Dios por la lectura de un libro espiritual!
Bien es conocido el ejemplo de San Agustín, que, estando miserablemente aherrojado por sus pasiones y sus vicios, fue iluminado por luz celestial que le vino por la lectura de una Epístola de San Pablo, salió de las tinieblas y comenzó a caminar hacia la santidad. Lo mismo le aconteció a San Ignacio de Loyola; siendo todavía soldado, para vencer el aburrimiento de las horas que tenía que estar en el lecho, a causa de las heridas comenzó a leer un libro de Vida de santo, que por la providencia divina le vino a las manos; eso le bastó para comenzar a ser santo, convertido en padre (en la vida espiritual) y fundador de esa religión de la Compañía de Jesús, que tantos días de gloria ha dado a la Iglesia.
San Juan Colombini leyó también por casualidad, y casi contra su voluntad, un libro devoto, y eso bastó para hacerle dejar el mundo y hacerle fundador de una orden religiosa. De dos cortesanos del emperador Teodosio. Cuenta San Agustín que entraron un día en un monasterio: dos de ellos se puso a curiosear una Vida de San Antonio que encontró en una celda; pero de tal modo le fueron dominando los santos pensamientos que leía, que allí mismo tomó la resolución de dejar el mundo, y luego habló a su compañero con tal fervor, que los dos decidieron dedicarse en aquel monasterio, al servicio de Dios.
En las crónicas de los carmelitas descalzos se lee que una señora de Viena se había arreglado una tarde para asistir a un sarao; pero cuando hubo llegado al salón y viendo que la fiesta se había suspendido, se llenó de rabia y para distraer el mal humor tomó un libro espiritual que por la providencia de Dios le vino a sus mano; el libro trataba del desprecio del mundo, y tanto la convenció, que dio un adiós al mundo y se hizo carmelita.
Pero no se crea que los libros devotos ayudaron a los santos al principio de sus conversiones, fueron su ayuda toda su vida, para conservar y aumentar cada día más su perfección.
El glorioso Santo Domingo cogía sus libros de devoción, los estrechabas efusivamente y exclamaba «Estos son los pechos que me dan leche».
¿Cómo podían los santos anacoretas pasarse tan largos años en el desierto, lejos de todo comercio humano, sino con la ayuda de la oración y la compañía de los libros espirituales? Para el gran siervo de Dios, Tomás de Kempis, no había mayor recreación que estar en un rincón de su celda con un libro que le hablara de Dios. Ya recordé en otro lugar las palabras del Venerable Vicente Caraffa “Que para él no había en el mundo vida más envidiable que esconderse en una gruta solitaria, con un pedazo de pan y un libro de devoción”. San Felipe Neri dedicándose todos los ratos libres que tenía para leer libros espirituales, y sobre todo, vidas de santos.
— ¿Y cuáles son los mejores libros para mí?
Pues os respondo, ante todo aquellos libros en que vuestra alma encuentra más pasto de devoción y que más fuerza tienen para unirse con Dios. Son preciosas para este fin, las obras de San Francisco de Sales, de Santa Teresa de Jesús, del P. Granada, del P. Rodríguez y del P. Nieremberg.
Escoged aquellas materias que conozcáis ser más provechosa para vuestra perfección. LEED CON PREFERENCIA VIDA DE SANTOS.
¡Qué hermosa ayuda tenemos en las Vidas de los santos! Los libros ascéticos nos dan instrucciones sobre el modo de practicar las virtudes; pero en las vidas de los santos vemos como las han practicado muchos hombres de carne y hueso como nosotros. Aunque otra cosa hiciera su ejemplo, por lo menos nos hace humillarnos y confundir la frente con el polvo; viendo lo mucho que han hecho los santos, no tendremos más remedio que avergonzarnos de lo poco que hemos hecho y que hacemos nosotros por Dios.
* De San Francisco de Asís escribía San Buenaventura que «el recuerdo de los santos como un montón de carbones encendidos, le levantaban un incendio divino en el alma». Con el fin de sacar mayor provecho o fruto posible de la lectura, conviene, en primer lugar, encomendarse a Dios antes de empezar, pidiéndole que ilumine nuestra mente sobre aquello que vamos a leer. Ya dije antes que el Señor mismo se digna hablarnos por medio de los libros espirituales; de ahí la conveniencia de invocarle al comenzar: Hablar, Señor, que vuestro escucha, porque quiere obedeceros en todo lo que le indiquéis ser Voluntad Vuestra. (*Esto es en primer lugar).
En segundo lugar, hay que leer, no para adquirir ciencia o por curiosidad, sino con intención de progresar en el amor de Dios. Leer para adquirir ciencia no es lectura espiritual; es un estudio que nada dice al alma. Pero todavía es más grave leer por mera afición, como hacen algunos que se dan a devorar libros, sin otro fin de terminarlos pronto y dar pasto a su curiosidad. ¿Qué provecho pueden esperar de tales lecturas? Todo el tiempo cumpliendo en ellas es tiempo perdido. Bien advertía San Gregorio «Hay muchos que leen y se quedan en ayuna», como si nada hubieran leído, porque han leído por pura curiosidad, y de eso reprendió el santo al médico Teodoro, porque al leer las Sagradas Escrituras lo hacía tan atropelladamente, que no podía sacar ninguna utilidad.
Para sacar provecho de los libros espirituales hay que leerlos pausadamente y con reflexión: «Alimenta tu alma, –aconseja Cesáreo– con los libros divinos». Pues si el alimento ha de aprovechar no basta tragarlo, hay que someterlo a la masticación; he ahí la tercera condición para sacar abundantes frutos de la lectura espiritual: hay que masticar o considerar despacio lo que se lee, haciendo las oportunas aplicaciones del santo a sí mismo. Y cuando se llega a un pasaje que impresiona más, –indica San Efrén– que se vuelva a leer.
Además, cuando en la lectura se recibe alguna luz especial, por alguna máxima o algún acto de virtud allí referido y se siente que aquello asimila el corazón conviene cerrar el libro, levantar el espíritu a Dios y tomar alguna resolución, o hacer algún acto fervoroso o una suplica ardiente a Dios; «Que la lectura deje paso al oración», –apunta San Bernardo–. Será muy buena cosa retirarse entonces a orar, mientras se sienta la influencia de aquel vivo sentimiento que nos conmovió imitemos a la abeja, que no se posa en la segunda flor mientras no ha libado toda la sustancia de la primera: no importa que se pase así todo el tiempo destinado a la lectura, porque de ordinario, suele ser para mayor provecho del espíritu; bien puede suceder que la lectura de un versículo deje más fruto que si se hubiese leído una pagina entera.
Conviene, antes de acabar la lectura, escoger de entre lo leído algún piadoso pensamiento para llevarlo consigo, como llevamos una flor al salir de un jardín donde nos hemos recreado unas horas con sus delicias.
No siempre se puede tener a mano al padre espiritual que nos aconseje en nuestras obras, y sobre todo en nuestras dudas; pues la lectura puede suplirlos, suministrándonos luces, enseñándonos el camino para huir de los engaños del demonio y de nuestro amor propio, y para aceptar conocer la voluntad de Dios. Por eso asegura San Atanasio que «no es posible encontrar quien, dedicándose al servicio del Señor, no sea gran amante de la lectura espiritual».
Se comprende, pues, que todos los santos fundadores hayan recomendados tanto este piadoso ejercicio a sus religiosos. San Benito prescribió que todos hicieran lectura cada día, y que dos monjes se encargara de recorrer ese tiempo las celdas, para ver si era observado este punto; caso de encontrar algún negligente en su cumplimiento, quería que se le impusiera una penitencia. Y antes que todos los fundadores, lo había prescrito San Pablo a Timoteo: «Aplícate a la lectura»: Nótese la palabra que emplea: attende; es decir, que por muchos que fueran los cuidados que le exigieran sus ovejas –Timoteo era obispo–, quería San Pablo que se dedicara a la lectura de libros santos, no como de pasada y por breve tiempo, sino aplicándose expresamente a ella con detención.
***
Tan grande es el provecho que causan los libros buenos, cuanto es grande el daño que causan los libros malos; así como aquellos han sido con frecuencia causa de conversión de muchos pecadores, así estos (los libros malos, revistas de cotilleos, y cualquier otros que no inviten al camino de la virtud) causan la ruina de muchos jóvenes. El autor de los libros buenos es el Espíritu de Dios, así como de los libros malos son del espíritu del demonio, que a muchos logra engañar frecuentemente, disimulando el veneno que tales libros encierran.
«Los malos libros, junto con los malos programas de televisión, son el peor veneno que el demonio se vale en nuestros tiempos para arrastrar las almas al infierno. Si San Ligorio hubiera vivido en nuestros días, no sé lo que hubiera dicho contra las revistas pornográficas y las inmoralidades de televisión. Claro está que es un pecado gravísimo recrearse en estas cosas; pero el cristiano que ama a Dios y al prójimo por Dios, no le basta salvar su alma huyendo de contemplar esas inmoralidades, sino que ha de hacer cuánto este de su parte para conseguir que esas cosas desaparezcan del país. ¡Que Dios nos ayude a conseguirlo!» (El editor).
Pero sigamos oyendo al santo sobre la eficacia de los buenos libros que edifica nuestro espíritu y nos anima por tener una conciencia sin mancha de pecado por la gracia y el amor que solo Dios nos puede dar. ¡Qué grande son los bienes que produce la lectura de los libros santos!
***
En primer lugar, así como la lectura de los malos libros, según queda escrito, llena el alma de sentimientos mundanos y perniciosos, la lectura de los buenos libros llena el espíritu de pensamientos y deseos santos. ¿Qué pensamientos santos puede cultivar un alma ocupada, en lecturas de libros curiosos y profanos, que hace germinar en su cabeza ideas mundanas y en el corazón una legión de afectos terrenos? ¿Cómo se va a mantener en la presencia de Dios y como va a hacer actos y afectos piadosos? El molino muele el grano que se le hecha; si se le hecha mal grano, ¿cómo queremos que de harina buena? Irá a la oración y a la comunión, y en vez de estar pensando en Dios y haciendo actos de amor y de confianza, estará profundamente distraída, porque le vendrá en tropel a la memoria todas las vanas ideas de sus lecturas. En cambio, quien tiene la mente bien nutrida de especies devotas, como máximas espirituales, ejemplos de virtud de los santos, se verá acompañada de tales pensamientos, no solo durante la oración, sino también fuera de ella; por lo cual podrá ser casi continuo su recogimiento en Dios.
San Bernardo lo explica todo esto con una bella comparación sobre aquel pasaje de San Mateo: Buscad y hallareis. “Buscad leyendo –explica el santo– y encontrareis meditando; la lectura pone el alimento en la boca para masticarlo por la meditación”.
En segundo lugar, el alma embebecida en santos pensamientos por medio de la lectura, estará mejor dispuesta para rechazar las tentaciones interna.
Con este fin, San Jerónimo se la aconsejaba a su discípula Salvina: «No dejes de las manos los libros divinos, que serán un escudo donde reboten las flechas de los malos pensamientos.
En tercer lugar, la lectura nos sirve para ver las manchas del alma, y viéndolas, más fácilmente las podremos quitar. El mismo San Jerónimo escribió a Demetriades «que se sirviera de la lectura como de un espejo»; con lo cual quería significar que, así como el espejo nos descubre las manchas del rostro, la lectura de los libros santos descubre las manchas de la conciencia. «En ella –nota San Gregorio hablando de la lectura– vemos que tenemos de hermoso y lo que tenemos de deforme, por ella apreciamos nuestros progresos»; vemos si hemos adelantado o hemos retrocedidos en las vías de Dios.
En cuarto lugar, por la lectura de los libros santos recibimos muchas luces, y sentimos las llamadas divinas. Advierte San Jerónimo que «Cuando oramos, le hablamos (a Dios) cuando leemos, le oímos».
No siempre, como decía antes, podremos tener junto a vosotras (almas que buscan la santidad) al padre espiritual, ni siempre podremos oír la palabra de santos predicadores, que nos den luces y nos dirijan acertadamente por los caminos de Dios, pero tenemos quien lo sustituye en los buenos libros.
¡Cuántos santos han abandonado el mundo y se han dado a Dios por la lectura de un libro espiritual!
Bien es conocido el ejemplo de San Agustín, que, estando miserablemente aherrojado por sus pasiones y sus vicios, fue iluminado por luz celestial que le vino por la lectura de una Epístola de San Pablo, salió de las tinieblas y comenzó a caminar hacia la santidad. Lo mismo le aconteció a San Ignacio de Loyola; siendo todavía soldado, para vencer el aburrimiento de las horas que tenía que estar en el lecho, a causa de las heridas comenzó a leer un libro de Vida de santo, que por la providencia divina le vino a las manos; eso le bastó para comenzar a ser santo, convertido en padre (en la vida espiritual) y fundador de esa religión de la Compañía de Jesús, que tantos días de gloria ha dado a la Iglesia.
San Juan Colombini leyó también por casualidad, y casi contra su voluntad, un libro devoto, y eso bastó para hacerle dejar el mundo y hacerle fundador de una orden religiosa. De dos cortesanos del emperador Teodosio. Cuenta San Agustín que entraron un día en un monasterio: dos de ellos se puso a curiosear una Vida de San Antonio que encontró en una celda; pero de tal modo le fueron dominando los santos pensamientos que leía, que allí mismo tomó la resolución de dejar el mundo, y luego habló a su compañero con tal fervor, que los dos decidieron dedicarse en aquel monasterio, al servicio de Dios.
En las crónicas de los carmelitas descalzos se lee que una señora de Viena se había arreglado una tarde para asistir a un sarao; pero cuando hubo llegado al salón y viendo que la fiesta se había suspendido, se llenó de rabia y para distraer el mal humor tomó un libro espiritual que por la providencia de Dios le vino a sus mano; el libro trataba del desprecio del mundo, y tanto la convenció, que dio un adiós al mundo y se hizo carmelita.
Pero no se crea que los libros devotos ayudaron a los santos al principio de sus conversiones, fueron su ayuda toda su vida, para conservar y aumentar cada día más su perfección.
El glorioso Santo Domingo cogía sus libros de devoción, los estrechabas efusivamente y exclamaba «Estos son los pechos que me dan leche».
¿Cómo podían los santos anacoretas pasarse tan largos años en el desierto, lejos de todo comercio humano, sino con la ayuda de la oración y la compañía de los libros espirituales? Para el gran siervo de Dios, Tomás de Kempis, no había mayor recreación que estar en un rincón de su celda con un libro que le hablara de Dios. Ya recordé en otro lugar las palabras del Venerable Vicente Caraffa “Que para él no había en el mundo vida más envidiable que esconderse en una gruta solitaria, con un pedazo de pan y un libro de devoción”. San Felipe Neri dedicándose todos los ratos libres que tenía para leer libros espirituales, y sobre todo, vidas de santos.
— ¿Y cuáles son los mejores libros para mí?
Pues os respondo, ante todo aquellos libros en que vuestra alma encuentra más pasto de devoción y que más fuerza tienen para unirse con Dios. Son preciosas para este fin, las obras de San Francisco de Sales, de Santa Teresa de Jesús, del P. Granada, del P. Rodríguez y del P. Nieremberg.
Escoged aquellas materias que conozcáis ser más provechosa para vuestra perfección. LEED CON PREFERENCIA VIDA DE SANTOS.
¡Qué hermosa ayuda tenemos en las Vidas de los santos! Los libros ascéticos nos dan instrucciones sobre el modo de practicar las virtudes; pero en las vidas de los santos vemos como las han practicado muchos hombres de carne y hueso como nosotros. Aunque otra cosa hiciera su ejemplo, por lo menos nos hace humillarnos y confundir la frente con el polvo; viendo lo mucho que han hecho los santos, no tendremos más remedio que avergonzarnos de lo poco que hemos hecho y que hacemos nosotros por Dios.
* De San Francisco de Asís escribía San Buenaventura que «el recuerdo de los santos como un montón de carbones encendidos, le levantaban un incendio divino en el alma». Con el fin de sacar mayor provecho o fruto posible de la lectura, conviene, en primer lugar, encomendarse a Dios antes de empezar, pidiéndole que ilumine nuestra mente sobre aquello que vamos a leer. Ya dije antes que el Señor mismo se digna hablarnos por medio de los libros espirituales; de ahí la conveniencia de invocarle al comenzar: Hablar, Señor, que vuestro escucha, porque quiere obedeceros en todo lo que le indiquéis ser Voluntad Vuestra. (*Esto es en primer lugar).
En segundo lugar, hay que leer, no para adquirir ciencia o por curiosidad, sino con intención de progresar en el amor de Dios. Leer para adquirir ciencia no es lectura espiritual; es un estudio que nada dice al alma. Pero todavía es más grave leer por mera afición, como hacen algunos que se dan a devorar libros, sin otro fin de terminarlos pronto y dar pasto a su curiosidad. ¿Qué provecho pueden esperar de tales lecturas? Todo el tiempo cumpliendo en ellas es tiempo perdido. Bien advertía San Gregorio «Hay muchos que leen y se quedan en ayuna», como si nada hubieran leído, porque han leído por pura curiosidad, y de eso reprendió el santo al médico Teodoro, porque al leer las Sagradas Escrituras lo hacía tan atropelladamente, que no podía sacar ninguna utilidad.
Para sacar provecho de los libros espirituales hay que leerlos pausadamente y con reflexión: «Alimenta tu alma, –aconseja Cesáreo– con los libros divinos». Pues si el alimento ha de aprovechar no basta tragarlo, hay que someterlo a la masticación; he ahí la tercera condición para sacar abundantes frutos de la lectura espiritual: hay que masticar o considerar despacio lo que se lee, haciendo las oportunas aplicaciones del santo a sí mismo. Y cuando se llega a un pasaje que impresiona más, –indica San Efrén– que se vuelva a leer.
Además, cuando en la lectura se recibe alguna luz especial, por alguna máxima o algún acto de virtud allí referido y se siente que aquello asimila el corazón conviene cerrar el libro, levantar el espíritu a Dios y tomar alguna resolución, o hacer algún acto fervoroso o una suplica ardiente a Dios; «Que la lectura deje paso al oración», –apunta San Bernardo–. Será muy buena cosa retirarse entonces a orar, mientras se sienta la influencia de aquel vivo sentimiento que nos conmovió imitemos a la abeja, que no se posa en la segunda flor mientras no ha libado toda la sustancia de la primera: no importa que se pase así todo el tiempo destinado a la lectura, porque de ordinario, suele ser para mayor provecho del espíritu; bien puede suceder que la lectura de un versículo deje más fruto que si se hubiese leído una pagina entera.
Conviene, antes de acabar la lectura, escoger de entre lo leído algún piadoso pensamiento para llevarlo consigo, como llevamos una flor al salir de un jardín donde nos hemos recreado unas horas con sus delicias.
MEDITACIÓN ENCUENTRO DE S. IGNACIO
Pretende llevar al hombre a la experiencia de la divinidad partiendo de la dimensión racional pensante del hombre religioso: se trata de hacerle razonar de modo intenso y afectuoso el contenido de su fe. No se trata de un uso teórico de la razón discursiva, que busca el “por qué” mediante una cadena de argumentos de orden filosófico. Tampoco pretende un empleo práctico de la razón propio de la ciencia, a la que interesa el “cómo” o el “para qué”. LA “razón meditativa” de S. Ignacio acepta los planos anteriores, pero busca un plano de verdad y de experiencia más alto, que puede conducir al orante a las propias raíces de su existencia.
En este plano, la mente del hombre religioso deja de manipular y estructurar datos, y se deja inundar por una realidad y una presencia superiores y transformantes. En la meditación ignaciana lo que importa es pensar de tal manera que nosotros mismos seamos los pensados. El hombre, que empieza razonando, termina percibiendo un plano superior al de su propio pensamiento activo: alguien piensa su vida y la potencia.
Así, sólo puede meditarse sobre aquellas realidades que nos sobrepasan: sobre el misterio de Dios o sus manifestaciones. En el caso de S. Ignacio, “objeto” de meditación puede ser el cosmos creado, la propia vida, la historia, y la suprema revelación de Dios, Jesucristo. Son hechos que remiten al misterio de Dios. La meditación de S. Ignacio se despliega en una escala de cuatro pasos o escaños:
a. Composición del lugar: parte del principio de que el hombre es un ser sentiente. Para iniciar el camino de su meditación, el orante ha de evocar y componer, recreándolo en su imaginación, el encuadre de una determinada escena – evangélica -. La meditación ignaciana penetra en lo sensible, en la historia y el recuerdo que se convierten en lugar de Dios y campo de manifestación de su misterio – especialmente en Jesús de Nazaret -. En este punto se dan divergencias entre la meditación cristiana y las técnicas de meditación orientales que prescinden de este nivel sensible y pretenden hacer del vacío el lugar de Dios. En la meditación ignaciana el orante ha de procurar que sus sentidos y potencias se concentren en la escena. La evocación se convierte en fuente de experiencia para el presente y el orante se vuelve actor de ella.
b. Discurso de la mente: El hombre es un ser racional, pensante. La meditación ignaciana no deja al margen el pensamiento. El orante, centrado en la escena, ha de pensar acerca de ella. Discurre, organiza y elabora los diversos aspectos del misterio manifestado allí para intentar descubrir su significado.
c. Participación del corazón: es el paso que el orante da cuando no puede resolver con el nudo pensamiento los enigmas que le plantea la manifestación del misterio de Dios. El orante advierte una ruptura de la razón, que se llega a descubrir insuficiente y no puede resolver los problemas que de verdad “importan”. Se intuye que pasada la frontera racional hay un espacio distinto de sentido. Ese espacio es el espacio del misterio en el cual el hombre es más bien pensado que pensador. Entonces se produce un primer paso de confianza y abandono al misterio y un segundo de ruptura racional en el cual ya no es posible interpretar racionalmente en perspectiva humana y hay que dejar que el misterio actúe de manera activa en la propia existencia.
d. Transformación de la voluntad: es el final de la oración. De la meditación emerge un nuevo estilo de voluntad. El hombre religioso busca en la oración el cambiar su voluntad y convertirse al misterio de Dios permitiendo que éste actúe en su vida y a través de ella en el mundo.
Se puede presentar también en un esquema tripartito práctico :
LA CONTEMPLACIÓN MEDITATIVA DE SAN IGNACIO
1. Preámbulo [EE 46]
1.1. Oración preparatoria
“La oración preparatoria es pedir gracia a Dios Nuestro Señor, para que todas mis intenciones, acciones y operaciones sean puramente ordenadas en servicio y alabanza de su divina majestad”.
1.2. Lectura atenta de un hecho evangélico (o pasaje bíblico) [EE 47]
1.3. Pedir el fruto de una buena oración [EE 48]
2. Meditación [EE 47]
2.1. Ver a las personas, como si uno estuviese allí. Ubicarse en la escena, paisaje, personaje, situación, movimientos, etc. (Composición del lugar)
2.2. Escuchar lo que dicen las personas, contemplar sus reacciones, imaginar qué diría y cómo reaccionaría el propio orante (Discurso de la mente)
2.3. Mirar qué hacen las personas, cómo reaccionarían. Meterse uno en la escena y contemplar sus propias reacciones, cómo actuaría, se comportaría: dejarse interpelar por el misterio contemplado en la propia vida (Participación cordial)
3. Conclusión [EE 50 a 54]
3.1. Hablar con las personas (Jesús, los apóstoles, María, otros personajes…)
3.2. Sacar un propósito concreto que pueda mover la voluntad (Transformación de la voluntad)
3.3. Hacer un examen acerca del transcurso de la oración (concentración, distracciones, aspectos importantes descubiertos, etc.) Se acaba rezando el Padre Nuestro.
Sánchez Nogales: José Luis: Filosofía y fenomenología de la religión. Pp.452-454
En este plano, la mente del hombre religioso deja de manipular y estructurar datos, y se deja inundar por una realidad y una presencia superiores y transformantes. En la meditación ignaciana lo que importa es pensar de tal manera que nosotros mismos seamos los pensados. El hombre, que empieza razonando, termina percibiendo un plano superior al de su propio pensamiento activo: alguien piensa su vida y la potencia.
Así, sólo puede meditarse sobre aquellas realidades que nos sobrepasan: sobre el misterio de Dios o sus manifestaciones. En el caso de S. Ignacio, “objeto” de meditación puede ser el cosmos creado, la propia vida, la historia, y la suprema revelación de Dios, Jesucristo. Son hechos que remiten al misterio de Dios. La meditación de S. Ignacio se despliega en una escala de cuatro pasos o escaños:
a. Composición del lugar: parte del principio de que el hombre es un ser sentiente. Para iniciar el camino de su meditación, el orante ha de evocar y componer, recreándolo en su imaginación, el encuadre de una determinada escena – evangélica -. La meditación ignaciana penetra en lo sensible, en la historia y el recuerdo que se convierten en lugar de Dios y campo de manifestación de su misterio – especialmente en Jesús de Nazaret -. En este punto se dan divergencias entre la meditación cristiana y las técnicas de meditación orientales que prescinden de este nivel sensible y pretenden hacer del vacío el lugar de Dios. En la meditación ignaciana el orante ha de procurar que sus sentidos y potencias se concentren en la escena. La evocación se convierte en fuente de experiencia para el presente y el orante se vuelve actor de ella.
b. Discurso de la mente: El hombre es un ser racional, pensante. La meditación ignaciana no deja al margen el pensamiento. El orante, centrado en la escena, ha de pensar acerca de ella. Discurre, organiza y elabora los diversos aspectos del misterio manifestado allí para intentar descubrir su significado.
c. Participación del corazón: es el paso que el orante da cuando no puede resolver con el nudo pensamiento los enigmas que le plantea la manifestación del misterio de Dios. El orante advierte una ruptura de la razón, que se llega a descubrir insuficiente y no puede resolver los problemas que de verdad “importan”. Se intuye que pasada la frontera racional hay un espacio distinto de sentido. Ese espacio es el espacio del misterio en el cual el hombre es más bien pensado que pensador. Entonces se produce un primer paso de confianza y abandono al misterio y un segundo de ruptura racional en el cual ya no es posible interpretar racionalmente en perspectiva humana y hay que dejar que el misterio actúe de manera activa en la propia existencia.
d. Transformación de la voluntad: es el final de la oración. De la meditación emerge un nuevo estilo de voluntad. El hombre religioso busca en la oración el cambiar su voluntad y convertirse al misterio de Dios permitiendo que éste actúe en su vida y a través de ella en el mundo.
Se puede presentar también en un esquema tripartito práctico :
LA CONTEMPLACIÓN MEDITATIVA DE SAN IGNACIO
1. Preámbulo [EE 46]
1.1. Oración preparatoria
“La oración preparatoria es pedir gracia a Dios Nuestro Señor, para que todas mis intenciones, acciones y operaciones sean puramente ordenadas en servicio y alabanza de su divina majestad”.
1.2. Lectura atenta de un hecho evangélico (o pasaje bíblico) [EE 47]
1.3. Pedir el fruto de una buena oración [EE 48]
2. Meditación [EE 47]
2.1. Ver a las personas, como si uno estuviese allí. Ubicarse en la escena, paisaje, personaje, situación, movimientos, etc. (Composición del lugar)
2.2. Escuchar lo que dicen las personas, contemplar sus reacciones, imaginar qué diría y cómo reaccionaría el propio orante (Discurso de la mente)
2.3. Mirar qué hacen las personas, cómo reaccionarían. Meterse uno en la escena y contemplar sus propias reacciones, cómo actuaría, se comportaría: dejarse interpelar por el misterio contemplado en la propia vida (Participación cordial)
3. Conclusión [EE 50 a 54]
3.1. Hablar con las personas (Jesús, los apóstoles, María, otros personajes…)
3.2. Sacar un propósito concreto que pueda mover la voluntad (Transformación de la voluntad)
3.3. Hacer un examen acerca del transcurso de la oración (concentración, distracciones, aspectos importantes descubiertos, etc.) Se acaba rezando el Padre Nuestro.
Sánchez Nogales: José Luis: Filosofía y fenomenología de la religión. Pp.452-454
PROYECTO DE VIDA PARA EL AÑO Y PLAN DE DIOS
El proyecto de Dios está en las Escrituras: Jesús mismo es la revelación de Dios. Dios se muestra en Jesucristo y nos habla por su Palabra.
Jesucristo nos muestra el proyecto del Padre:
Las bienaventuranzas (Mt 5, 1-12)
Sal y Luz de la Tierra (Mt 5, 13-16)
Amar a todos por igual (Mt 5, 43-48)
Proclamen el Reino de Dios (Mt 10, 7-10)
¿Quién es el más importante? (Mt 18, 1-7)
Vayan también ustedes a mi viña (Mt 20, 1-7)
¿Qué talentos he recibido de Dios? ¿Qué he hecho con ellos? ¿Cómo puedo usar mis talentos de aquí en adelante? ¿Qué talentos tengo olvidados, escondidos, sin hacerlos producir? (Mt 25, 14-27)
Yo soy la vid (Jn 15, 1-5)
[Busca tus propias lecturas para reflexionar]
Yo te doy gracias, Señor, por invitarme a buscar tu proyecto de vida para mí…
Gracias por intentar encontrarme contigo en un proyecto común…
Gracias por señalarme algunas de tus prioridades…
Gracias, Señor, por…
Gracias, Señor, porque…
Perdón, Señor, por no aprovechar bien los talentos que he recibido de ti…
Perdón por no tomar consciencia de tantos talentos que he recibido sin desarrollarlos ni agradecerlos…
Perdón, Señor, por…
Perdón, Señor, porque…
Ayúdame, Señor, a programar mi año contigo, dejando actuar al Espíritu Santo que vive en mí…
Ayúdame a escoger un «lema» que me ayude a hacer y sentir lo que Tú harías y sentirías si estuvieras en mi lugar…
Ayúdame, Señor, a…
Ayúdame, Señor, para…
Ayúdame, Señor, porque…
Coloquio íntimo de oración personal
Oración: Búsqueda del «lema» para el año [También puede buscarse uno para cada mes del año que inicia, y una virtud para cultivar cada mes]
Hagan lo que Él les dice (Jn 2, 5)
Sed perfectos como mi Padre Celestial es perfecto (Mt 5, 48)
El pobre es Cristo (San Alberto Hurtado)
En todo amar y servir
[Busca tus propias alternativas para un lema. Busca, inventa o descubre tu propio lema o motivación para el año]
[Busca, inventa o descubre tu propio lema o motivación para tu vida]
domingo, 8 de diciembre de 2013
INMACULADA CONCEPCIÓN DE BEATÍSIMA VIRGEN MARÍA
"...declaramos, proclamamos y definimos que la doctrina que sostiene que la beatísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de la culpa original en el primer instante de su concepción por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Cristo Jesús Salvador del género humano, está revelada por Dios y debe ser por tanto firme y constantemente creída por todos los fieles..." (Bula Ineffabilis Deus, el Papa Pío IX )
La Inmaculada Concepción de la Virgen María
María en el Protoevangelio
En la Catequesis de Juan Pablo II del 24 de enero de 1996, Su Santidad dice: «Los libros del Antiguo Testamento describen la historia de la salvación en la que se va preparando, paso a paso, la venida de Cristo al mundo. Estos primeros documentos, tal como se leen en la Iglesia y se interpretan a la luz de la plena revelación ulterior, iluminan poco a poco con más claridad la figura de la mujer, Madre del Redentor» (Lumen gentium, 55)
El Espíritu Santo, al inspirar a los diversos autores humanos, orientó la Revelación veterotestamentaria hacia Cristo, que se encarnaría en el seno de la Virgen María.
Entre las palabras bíblicas que preanunciaron a la Madre del Redentor, el Concilio cita, ante todo, aquellas con las que Dios, después de la caída de Adán y Eva, revela su plan de salvación. El Señor dice a la serpiente, figura del espíritu del mal: «Enemistad pondré entre ti y la mujer, y entre tu linaje y su linaje: él te pisará la cabeza mientras acechas tú su calcañar» (Gn 3,15)
Esas expresiones, denominadas por la tradición cristiana, desde el siglo XVI, Protoevangelio, es decir, primera buena nueva, dejan entrever la voluntad salvífica de Dios ya desde los orígenes de la humanidad.
El ángel Gabriel, dirigiéndose a la Virgen de Nazaret, después del saludo «alégrate», la llama «llena de gracia». Esas palabras del texto griego: «alégrate» y «llena de gracia», tienen entre sí una profunda conexión: María es invitada a alegrarse sobre todo porque Dios la ama y la ha colmado de gracia con vistas a la maternidad divina.
La fe de la Iglesia y la experiencia de los santos enseñan que la gracia es la fuente de alegría y que la verdadera alegría viene de Dios. En María, como en los cristianos, el don divino es causa de un profundo gozo.
Desde el primer instante de su vida, la Santísima Virgen María, por una gracia en atención a los méritos de Jesucristo, su Hijo Redentor y derivada anticipadamente de su muerte, es preservada de todo pecado de origen antes de ser concebida en el seno de su madre, Santa Ana. Así pues, la Concepción Inmaculada de la Virgen María se funda en su maternidad divina. Esta verdad, ya profesada por toda la cristiandad desde hace siglos, llega a ser dogma el 8 de diciembre de 1854 por la bula “Ineffabilis Deus” del Beato Papa Pío IX, quien en aquella oportunidad dijo que “la Virgen fue toda pureza y hermosura; más hermosa que la hermosura, más santa que la santidad y solo santa y Purísima en cuerpo y alma”. Cantaban los clásicos: ¡pudo, quiso, luego lo hizo! [Inscripción bajo la imagen de la Purísima, en la Catedral Primada de Santiago de Guatemala]
esta doctrina es de origen apostólico, aunque el dogma fue proclamado por el Papa Pío IX el 8 de diciembre de 1854, en su bula Ineffabilis Deus.
"...declaramos, proclamamos y definimos que la doctrina que sostiene que la beatísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de la culpa original en el primer instante de su concepción por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Cristo Jesús Salvador del género humano, está revelada por Dios y debe ser por tanto firme y constantemente creída por todos los fieles..."
(Pío IX, Bula Ineffabilis Deus, 8 de diciembre de 1854)
Los Padres de la Iglesia y la Inmaculada
Los Padres se referían a la Virgen María como la Segunda Eva (cf. I Cor. 15:22), pues ella desató el nudo causado por la primera Eva.
• Justín (Dialog. cum Tryphone, 100),
• Ireneo (Contra Haereses, III, xxii, 4),
• Tertuliano (De carne Christi, xvii),
• Julius Firm cus Maternus (De errore profan. relig xxvi),
• Cyrilo of Jerusalem (Catecheses, xii, 29),
• Epiphanius (Hæres., lxxviii, 18),
• Theodotus of Ancyra (Or. in S. Deip n. 11), and
• Sedulius (Carmen paschale, II, 28).
También se refieren a la Virgen Santísima como la absolutamente pura San Agustín y otros. La iglesia Oriental ha llamado a María Santísima la "toda santa"
Hacia el año 1128, un monje de Canterbury llamado Eadmero escribe el primer tratado sobre la Inmaculada Concepción donde rechaza la objeción de San Agustín contra el privilegio de la Inmaculada Concepción, fundada en la doctrina de la transmisión del pecado original en la generación humana. La castaña, escribe Eadmero, «es concebida, alimentada y formada bajo las espinas, pero que a pesar de eso queda al resguardo de sus pinchazos». Incluso bajo las espinas de una generación que de por sí debería transmitir el pecado original, María permaneció libre de toda mancha, por voluntad explícita de Dios que «lo pudo, evidentemente, y lo quiso. Así pues, si lo quiso, lo hizo»
El franciscano Juan Duns Escoto, al principio del siglo XIV, inspirado en algunos teólogos del siglo XII y por el mismo San Francisco (siglo XIII, devoto de la Inmaculada), brindó la clave para superar las objeciones contra la doctrina de la Inmaculada Concepción de María. El sostuvo que Cristo, el mediador perfecto, realizó precisamente en María el acto de mediación más excelso: Cristo la redimió preservándola del pecado original. Se trata una redención aún más admirable: No por liberación del pecado, sino por preservación del pecado.
Lo que a Dios le conviene hacer, lo que Dios ve que es mejor hacerlo, lo hace.
Entonces Scotto exclamó: Luego
1. Para Dios era mejor que su Madre fuera Inmaculada: o sea sin mancha del pecado original.
2. Dios podía hacer que su Madre naciera Inmaculada: sin mancha
3. Por lo tanto: Dios hizo que María naciera sin mancha del pecado original. Porque Dios cuando sabe que algo es mejor hacerlo, lo hace.
El dogma de la Inmaculada Concepción de María no ofusca, sino que más bien pone mejor de relieve los efectos de la gracia redentora de Cristo en la naturaleza humana. Todas las virtudes y las gracias de María Santísima las recibe de Su Hijo. La Madre de Cristo debía ser perfectamente santa desde su concepción. Ella desde el principio recibió la gracia y la fuerza para evitar el influjo del pecado y responder con todo su ser a la voluntad de Dios. A María, primera redimida por Cristo, que tuvo el privilegio de no quedar sometida ni siquiera por un instante al poder del mal y del pecado, miran los cristianos como al modelo perfecto y a la imagen de la santidad que están llamados a alcanzar, con la ayuda de la gracia del Señor, en su vida.
En torno a las ideas de Escoto se suscitó una gran controversia. Después de que el Papa Sixto IV aprobara, en 1477, la misa de la Concepción, esa doctrina fue cada vez más aceptada en las escuelas teológicas.
El Papa Sixto IV, en 1483, casi 4 siglos antes del dogma, había extendido la fiesta de la Concepción Inmaculada de María a toda la Iglesia de Occidente.
Fue valioso también el aporte del mundo universitario. Las universidades de París, Maguncia y Colonia y, en España, la de Valencia (1530), Granada, Alcalá (1617), Salamanca (1618) y otras proclamaron a María Inmaculada como Patrona. Sus doctores, al recibir el grado, hacían voto y juramento de enseñar y defender la doctrina de la Inmaculada Concepción de María.
La Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María tiene un llamado para nosotros:
1-Nos llama a la purificación. Ser puros para que Jesús resida en nosotros.
2-Nos llama a la consagración al Corazón Inmaculado de María, lugar seguro para alcanzar conocimiento perfecto de Cristo y camino seguro para ser llenos del Espíritu Santo.
"Con la Inmaculada Concepción de María comenzó la gran obra de la Redención, que tuvo lugar con la sangre preciosa de Cristo. En Él toda persona está llamada a realizarse en plenitud hasta la perfección de la santidad" Juan Pablo II, 5-XII-2003.
Llena de Gracia, el nombre más bello de María. Benedicto XVI, 2006
María no sólo no cometió pecado alguno, sino que quedó preservada incluso de esa común herencia del género humano que es la culpa original, a causa de la misión a la que Dios la había destinado desde siempre: ser la Madre del Redentor.
Todo esto queda contenido en la verdad de fe de la Inmaculada Concepción. El fundamento bíblico de este dogma se encuentra en las palabras que el Ángel dirigió a la muchacha de Nazaret: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo» (Lucas 1, 28). «Llena de gracia», en el original griego «kecharitoméne», es el nombre más bello de María, nombre que le dio el mismo Dios para indicar que desde siempre y para siempre es la amada, la elegida, la escogida para acoger el don más precioso, Jesús, «el amor encarnado de Dios» (encíclica «Deus caritas est», 12).
Podemos preguntarnos: ¿por qué entre todas las mujeres, Dios ha escogido precisamente a María de Nazaret? La respuesta se esconde en el misterio insondable de la divina voluntad. Sin embargo, hay un motivo que el Evangelio destaca: su humildad. Lo subraya Dante Alighieri en el último canto del «Paraíso»: «Virgen Madre, hija de tu hijo, humilde y alta más que otra criatura, término fijo del consejo eterno» (Paraíso XXXIII, 1-3). La Virgen misma en el «Magnificat», su cántico de alabanza, dice esto: «Engrandece mi alma al Señor… porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava» (Lucas 1, 46.48). Sí, Dios se sintió prendado por la humildad de María, que encontró gracia a sus ojos (Cf. Lucas 1, 30). Se convirtió, de este modo, en la Madre de Dios, imagen y modelo de la Iglesia, elegida entre los pueblos para recibir la bendición del Señor y difundirla entre toda la familia humana.
Esta «bendición» es el mismo Jesucristo. Él es la fuente de la «gracia», de la que María quedó llena desde el primer instante de su existencia. Acogió con fe a Jesús y con amor lo entregó al mundo. Ésta es también nuestra vocación y nuestra misión, la vocación y la misión de la Iglesia: acoger a Cristo en nuestra vida y entregarlo al mundo «para que el mundo se salve por él» (Juan 3, 17)
En una pequeña gruta en el pueblito de Lourdes, en Francia, la Virgen se le apareció a una niña diciéndole: "Yo soy la Inmaculada Concepción". Era el año 1858…
Pero… ¿Qué significa la Inmaculada Concepción? Esta expresión alude a que la Virgen María fue preservada del pecado desde el primer instante de su existencia humana. Dios, por la Inmaculada Concepción de María, preparó para su Hijo una morada digna de él.
La devoción popular por los fieles a su fiesta data del siglo VII en Oriente; en Irlanda desde el siglo IX y, en Inglaterra y en España, desde el siglo XI. El convencimiento de la verdad que encierra se remonta a los orígenes mismos del cristianismo, que considera a la Virgen como la "toda Santa".
El Papa Pío IX proclamó solemnemente esta verdad el 8 de diciembre de 1854. Instauró la fecha para la celebración de la fiesta de forma conjunta para toda la Iglesia. Se instituyó a través del dogma de la Inmaculada Concepción que dice que María "por un privilegio único, fue preservada de la mancha (el pecado) original desde el primer instante de su concepción". Esta fiesta nos hace meditar sobre la inefable belleza del alma de María y, también, sobre la belleza de toda alma santificada por la gracia redentora de Cristo. Durante esta jornada los católicos acostumbran a asistir al oficio de la misa, como un domingo.
San Hipólito, mártir, dice: «Ciertamente que el arca de maderas incorruptibles era el mismo Salvador. Y por esta arca, exenta de podredumbre y corrupción, se significa su tabernáculo, que no engendró corrupción de pecado. Pues el Señor estaba exento de pecado y estaba, en cuanto hombre, revestido de maderas incorruptibles, es decir, de la Virgen y del Espíritu Santo, por dentro y por fuera, como de oro purísimo del Verbo de Dios». Y en otra parte llama a María, «toda santa, siempre Virgen, santa, inmaculada Virgen».
San Efrén de Siria, apellidado Arpa del Espíritu Santo, canta de este modo a la Virgen: «Ciertamente tú (Cristo) y tu Madre sois los únicos que habéis sido completamente hermosos; pues en ti, Señor, no hay defecto, ni en tu Madre mancha alguna». Y en otras partes llama a María, Inmaculada, incorrupta, santa, alejada de toda corrupción y mancha, mucho más resplandeciente que el sol, etc.
San Ambrosio pone en labios del pecador: «Ven, pues, Señor Jesús, y busca a tu cansada oveja, búscala, no por los siervos ni por los mercenarios, sino por ti mismo. Recíbeme, no en aquella carne que cayó en Adán. No de Sara, sino de María, virgen incorrupta, íntegra y limpia de toda mancha de pecado».
Y San Jerónimo: «Proponte por modelo a la gloriosa Virgen, cuya pureza fue tal, que mereció ser Madre del Señor».
En la Iglesia oriental encontramos el esforzado defensor de la maternidad divina de María, San Cirilo, que escribe: «¿Cuándo se ha oído jamás que un arquitecto se edifique una casa y la deje ocupar por su enemigo?». No se puede expresar más claramente la idea de la Concepción Inmaculada.
Y Teodoto de Ancira: «Virgen inocente, sin mancha, santa de alma y cuerpo, nacida como lirio entre espinas». Y en otra parte: «María aventaja en pureza a los serafines y querubines».
Proclo, secretario de San Juan Crisóstomo, en el mismo siglo V, dice de María que está formada «de barro limpio», es decir, de naturaleza humana, pero incontaminada.
En el siglo VI, leemos en un himno compuesto por San Jaime Nisibeno: «Si el Hijo de Dios hubiera encontrado en María una mancha, un defecto cualquiera, sin duda se escogiera una madre exenta de toda inmundicia». Y a la santidad de María la califica de «Justicia jamás rota».
San Teófanes alaba así a María: «Oh, incontaminada de toda mancha». Y en otra parte: «El purísimo Hijo de Dios, como te hallase a Ti sola purísima de toda mancha, o totalmente inmune de pecado, engendrado de tus entrañas, limpia de pecados a los creyentes».
San Andrés de Creta: «No temas, encontraste gracia ante Dios, la gracia que perdió Eva... Encontraste la gracia que ningún otro encontró como Tú jamás».
Y en la carta a Sergio, aprobada por el Concilio Ecuménico VI, Sofronio dice de María: «Santa, inmaculada de alma y cuerpo, libre totalmente de todo contagio».
En el siglo VIII podemos leer estas palabras tan claras de San Juan Damasceno: «En este paraíso (María) no tuvo entrada la serpiente, por cuyas ansias de falsa divinidad hemos sido asemejados a las bestias».
En los siglos IX y X se contornea aún con mayor claridad la Concepción sin mancha de María. San José el Himnógrafo: «Inmune de toda mancha y caída, la única Inmaculada, sin mancha, sola sin mancha», dice de la Virgen.
Y San Juan el Geómetra en un hermoso verso: «Alégrate, Tú, que diste a Cristo el cuerno mortal; alégrate, Tú, que fuiste libre de la caída del primer hombre».
San Máximo escribe estas palabras: «María, digna morada de Cristo, no por la belleza del cuerpo, sino por la gracia original»
Dícese que en el siglo VII, y por obra de San Ildefonso, Arzobispo de Toledo, ya se celebraba la fiesta de la Concepción Inmaculada en España.
Pero con toda seguridad se celebraba ya en el siglo IX, como aparece por el calendario de mármol de Nápoles, que reza: «Día 9 de diciembre, la Concepción de la Santa Virgen María». La fecha de la celebración (la misma en que la celebran los orientales) indica que la fiesta transmigró de Oriente, con el que mantenía intensa relación comercial Nápoles.
«Dos veces -escribió Nicolás, monje de San Albano- fue traspasada el alma de María: en la Pasión de su Hijo y en la contradicción de su Concepción».
ORACIÓN
Dios todopoderoso que por la Inmaculada Concepción de la Virgen María, preparaste una morada digna para tu Hijo y, en atención a los méritos de la muerte redentora de Cristo, la preservaste de toda mancha de pecado, concédenos, por su maternal intercesión, vivir tu presencia libre de pecado. Por Cristo, nuestro Señor. Amén [Oración que se encuentra frente a la Imagen de la Virgen de la Concepción, en la Catedral de Santiago de Guatemala]
Bendita sea tu pureza
Y eternamente lo sea,
Pues todo un Dios se recrea
En tan graciosa belleza.
A ti, celestial Princesa,
Virgen sagrada María,
Te ofrezco en este día
Alma, vida y corazón.
¡Mírame con compasión!
¡No me dejes, madre mía!
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